Pabellón Mexicano (Expo Shanghai 2010)

En México, la vida sucede en cualquier esquina. En ella se concentra nuestra mayor riqueza: la espontaneidad.

Sólo una esquina era capaz de representarnos en la Expo Mundial de Shanghai 2010, un espacio en el que pudieran ocurrir todo tipo de sorpresas del folclor mexicano: mariachis tocando, globeros paseando, organilleros estirando el sombrero al turista que se deje acosar.

La propuesta de A-001 para el pabellón mexicano consistió en un espacio por el que los visitantes transitarían. Sobre sus cabezas penderían cientos de lonas de colores, metáforas estilizadas de un tianguis visto desde las alturas; cada toldo con diferentes funciones de sustentabilidad: recolección de agua, aprovechamiento de energía solar, entre otras más.

Al interior del pabellón se dibujaba la silueta ausente de un islote, recordatorio de nuestro pasado improvisado, montado sobre chinampas. Lo circundaban zonas disímiles, cada una narrando una capa de la historia nacional.

Una representación de México debía celebrar la informalidad original de nuestros antepasados y presentes. ¿Qué hay más ingenioso que un pueblo que construye su civilización en barcas floreadas por las que se puede pasear?